Las primeras impresiones
generalmente son correctas
(del Blog Cruz y Fierro, jueves, abril 10, 2008; http://cruz-y-fierro.blogspot.com/)
La revista semanal jesuita America publicó un artículo del Padre Michael Kerper (3 de diciembre de 2007) con el título “Mi segunda primera Misa: Sobre presidir en una Liturgia latina”. El P. Kerper dice que cuando el Papa Benedicto XVI emitió su motu proprio liberando la Misa latina tridentina (7 de julio de 2007), su “reacción osciló entre una leve irritación… y un vago interés”. Ésta fue probablemente la reacción típica de los sacerdotes cuyo “conocimiento pastoral”, como dice el P. Kerper hablando del suyo, “ha sido principalmente moldeado por el Concilio Vaticano II”.
“En la primera semana” de la emisión del motu proprio, dice el P. Kerper, “comenzaron a llegar las cartas…” En agosto me reuní con una docena de parroquianos que quería la Misa [tridentina]… Como promotor del más amplio pluralismo dentro de la Iglesia, ¿cómo me podía rehusar a tratar con una forma litúrgica aprobada? Como pastor que había tratado de responder a la gente alienada por la percepción de un rígido conservadorismo en la Iglesia, ¿cómo podía alejarme de gente alienada por sacerdotes como yo—progresistas, pastores ‘de las bases’ que no tienen oídos para la piedad tradicional?”
Entonces el P. Kerper “decidió ofrecer la Misa tridentina” –por la primera vez. Entonces, ¿cómo fue para este autoproclamado sacerdote “progresista” celebrar por primera vez su vieja Misa latina? ¿Fue costoso? ¿Fue tedioso?
Dice el P. Kerper, “la minuciosidad de las rúbricas del viejo Misal me hicieron sentir como una mera máquina, vacía de personalidad; pero, me preguntaba, ¿es eso algo realmente malo? En realidad me sentí liberado de la persistente necesidad de actuar, de innovar, de siempre ser el amistoso celebrante… De repente reconocí la ingeniosa habilidad del rito [tridentino] para anonadar al sacerdote… Era… un enano frente al altar mayor… Sentí una soledad intensa. A medida que avanzaba, sin embargo, también escuché el absoluto silencio detrás de mí, 450 personas de todas las edades rezando, todas unidas misteriosamente a las palabras que yo balbuceaba… Miré el Sacramento y [experimenté] un sentimiento inexplicable de solidaridad con la multitud detrás de mí.” Hermoso.
La Misa tridentina es una experiencia majestuosa y sagrada—tanto para el sacerdote como para el parroquiano. Su impacto es con frecuencia profundo. Puede despertar del sopor de la liturgia postconciliar incluso a los progresistas más duros.
No hace mucho, un artículo como éste hubiese sido imposible de publicar en las páginas de America, cuando la revista estaba bajo la tutela de su anterior editor el Padre Thomas Reese S.J. Cuando fue entrevistado para un artículo para el diario U.S. News & World Report (13 de diciembre de 2007) con el título “Un retorno a la tradición”, el P. Reese no intentó ocultar su antipatía hacia todo el proyecto de restaurar la tradición. Jay Tolson, el autor del artículo escribió, “algunos clérigos católicos liberales son completamente escépticos acerca de la amplitud y el significado de la vuelta tradicionalista. ‘Es más una hipótesis que realidad’, dice el P. Thomas Reese, un sacerdote jesuita y politólogo del Centro Teológico Woodstock de la Universidad de Georgetown. Reese piensa que la Iglesia debería focalizarse menos en la Misa en latín y más en las cosas que atraen a la mayoría de quienes van a Misa: ‘buena predicación, buena música y una comunidad amigable’. Es igualmente escéptico acerca de toda la atención que reciben las hermanas dominicas de Santa Cecilia y otras pocas órdenes religiosas tradicionales que han disfrutado de un mayor influjo de miembros jóvenes. ‘No tengo problemas con sus hábitos’, dice Reese. ‘Por otro lado, si la Iglesia ordenara mujeres, tendríamos miles más viniendo’.”
Para el P. Reese, quien había sido obligado a renunciar a su cargo de editor de America bajo presión de la Congregación para la Doctrina de la Fe en 2005, los viejos hábitos son difíciles de cambiar—viejos hábitos que posiblemente lo encuentren del lado incorrecto de la historia.
No es casual que, el 7 de enero de 2008, durante la Misa de aperture de la 35ª Congregación General de la Compañía de Jesús, el cardenal Franc Rodé, prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, retara a los jesuitas por su “creciente distanciamiento de la jerarquía”, y los llamara a “restaurar el sensus ecclesiae”—el sentido de Iglesia—en su orden (reproducido en Origins del 17 de enero). El Cardenal Rodé reprendió a los jesuitas por la “diversidad doctrinal a todo nivel… [que] desorienta a los fieles y conduce al relativismo sin límites”. El corresponsal romano Sandro Magister reportó (Chiesa del 11 de enero) que “de los últimos siete teólogos investigados por la Congregación para la Doctrina de la Fe [CDF], cuatro pertenecen a la Compañía de Jesús: Jon Sobrino, Roger Haight, Jacques Dupuis y Anthony De Mello.” Agreguemos a la lista al P. Peter Phan, quien posee la cátedra Ellacuria de Pensamiento Social Católico del Departamento de Teología de la Universidad de Georgetown dirigida por los jesuitas, que también está bajo investigación de la CDF, y el P. Reese, dejado sin trabajo por la CDF.
Continuaba el Cardenal Rodé, “que quienes… tienen que supervisar la doctrina de sus revistas y publicaciones [incluida America] lo hagan a la luz y de acuerdo a las ‘reglas del sentire cum ecclesia’ [pensar con la Iglesia]…”, y adhieran al camino de “celo apostólico de obediencia” y “fidelidad y amor a la Iglesia jerárquica”.
En una carta del 10 de enero al superior general de los jesuitas renunciante, Peter-Hans Kolvenbach, S.J., el Papa Benedicto XVI escribió que la “evangelización exige una adhesión total y fiel a la palabra de Dios… [y] el desapego de la mentalidad del mundo”. Instó a la Congregación General a “animar a todos los jesuitas a promover la verdadera y sana doctrina católica” y a ser “humildes respecto a la enseñanza del Magisterio”, enfatizando que “puede ser muy provechoso que la Congregación General reafirme… su total adhesión a la doctrina católica”.
Es alentador ver que los jesuitas de la revista America se subieron a las prescripciones del Cardenal Rodé y del Papa Benedicto al publicar el artículo del P. Kerper.
Durante la Congregación General, los jesuitas eligieron un nuevo superior general, Adolfo Nicolás, S.J., para reemplazar al P. Kolvenbach. Está aún por verse lo que el P. Nicolás pueda hacer—es decir, si está dispuesto a hacerlo—para frenar la marea de disenso que ha diluido la orden jesuita. En cuanto a la restauración de la tradición que está teniendo lugar en la Iglesia, si los jesuitas se rehúsan a dar una mano, al menos debería quitarse de en medio.
[“First Impressions Are Often Correct”, New Oxford Review, March 2008].
My Second First Mass. [A liberal
priest transformed]
America Magazine | Dec 3rd, 2007 | MICHAEL KERPER
Posted on martes, 27 de noviembre de 2007 10:57:58 by Antioch
ON SEPT. 23 I walked down the center aisle of our parish church, genuflected and made the sign of the cross while saying, In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Thus began my first Mass according to the Roman Missal of 1962 more than 22 years after my first experience of celebrating the Eucharist.
When Pope Benedict XVI issued his letter of July 7 eliminating most restrictions on the use of the so-called Tridentine Mass, my reaction oscillated between mild irritation (Will this ignite conflict? How will we ever provide such Masses?) and vague interest (Is there perhaps some hidden treasure in the old Mass?).
Within a week, letters trickled in. Some demanded a Latin Mass every Sunday, insisting that the pope had “mandated” its regular celebration. Others were more reasonable. In August, I met with a dozen parishioners who wanted the Mass. The meeting became steamy as I explained that I had never said the “old” Mass as a priest and had served such Masses as an altar boy for only two years before everything changed. Some thought I was just feigning ignorance to avoid doing it.
A few days after the meeting, I obtained a 1962 missal, looked through it, and concluded, reluctantly, that I knew more Latin than I had thought. My original cranky demurral crumbled under the force of my own pastoral self-understanding, which had been largely shaped by the Second Vatican Council. As a promoter of the widest range of pluralism within the church, how could I refuse to deal with an approved liturgical form? As a pastor who has tried to respond to people alienated by
the perceived rigid conservatism of the church, how could I walk away from people alienated by priests like myself—progressive, “low church” pastors who have no ear for traditional piety? An examination of conscience revealed an imbalance in my pastoral approach: a gracious openness to the left (like feminists, pro-choice advocates, people cohabiting and secular Catholics) and an instant skepticism toward the right (traditionalists).
Having decided to offer the Tridentine Mass, I began the arduous project of recovering—and reinforcing—my Latin grammar and vocabulary so that I could celebrate the liturgy in a prayerful, intelligible way. As I studied the Latin texts and intricate rituals I had never noticed as a boy, I discovered that the old rite’s priestly spirituality and theology were exactly the opposite of what I had expected. Whereas I had looked for the “high priest/king of the parish” spirituality, I found instead a spirituality of “unworthy instrument for the sake of the people.”
The old Missal’s rubrical micromanagement made me feel like a mere machine, devoid of personality; but, I wondered, is that really so bad? I actually felt liberated from a persistent need to perform, to engage, to be forever a friendly celebrant. When I saw a photo of the old Latin Mass in our local newspaper, I suddenly recognized the rite’s ingenious ability to shrink the priest. Shot from the choir loft, I was a mere speck of green, dwarfed by the high altar. The focal point was not the priest but the gathering of the people. And isn’t that a valid image of the church, the people of God?
The act of praying the Roman Canon slowly and in low voice accented my own smallness and mere instrumentality more than anything else. Plodding through the first 50 or so words of the Canon, I felt intense loneliness. As I moved along, however, I also heard the absolute silence behind me, 450 people of all ages praying, all bound mysteriously to the words I uttered and to the ritual actions I haltingly and clumsily performed. Following the consecration, I fell into a paradoxical experience of intense solitude as I gazed at the Sacrament and an inexplicable feeling of solidarity with the multitude behind me.
Even as I cherish this experience, I must confess that I felt awkward, stiff and not myself. Some of the rubrical requirements, like not using one’s thumbs and index fingers after the consecration except to touch the host, paralyzed me. As a style, it doesn’t really fit me (I also can’t imagine wearing lace). But as a priest, I must adapt to many styles and perform many onerous tasks. Why should this be any different? Perhaps we have here a new form of priestly asceticism: pastoral adaptation for the sake of a few.
My reluctant engagement with the Latin Mass has not undermined my own priestly spirituality, born of Vatican II. Rather, it has complemented and reinforced the council’s teaching that the priest is an instrument of Christ called to serve everyone, regardless of theological or liturgical style. Ultimately it means little whether Mass is in Latin or in the vernacular, whether I see the people praying or hear their silence behind. For sure, I have my preference, but service must always trump that.
– Rev. Michael Kerper is a priest of the Diocese of Manchester and pastor of Corpus Christi Parish in Portsmouth, N.H.
http://www.freerepublic.com/focus/f-religion/1931100/posts
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