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Dietrich von Hildebrand
Breve autobiografía
(traducción al español de Una Voce Argentina)
Nací en Florencia el 12 de octubre de 1889, hijo del famoso escultor alemán Adolf von Hildebrand y de su mujer, Irene Schaueffelen. Mis padres vivían en una lindísima casa, que anteriormente fuera convento de los Frailes Menores, situada en las afueras de la maravillosa ciudad de Florencia. Crecí en ese glorioso entorno protegido por el amor superlativo de mi madre y de mis cinco hermanas, todas ellas personalidades raramente dotadas. Todo estaba penetrado por el genio de mi padre, quien era no solamente un gran artista sino además una gran personalidad. Mi juventud fue de las más felices que se pueda imaginar.
A pesar de que mis padres no profesaban la fe cristiana, y que la religión no tenía ningún papel en esta etapa de la vida de mis cinco hermanas, todas mayores que yo, el gran regalo de la fe en la divinidad de Cristo y del amor a Cristo, me fue otorgado a los cinco años. Mis pa-dres, llenos de respeto por cualquier interés surgido espontáneamente en el alma de sus hijos, jamás trataron de contrarrestar mis convicciones.
Siempre tuve tutores particulares; solamente asistí a las clases del Theresien Gymnasium de Munich los últimos tres meses anteriores a mi Abitur. Ya a la edad de quince años fue evi-dente para mí mi vocación por la filosofía, y esta certeza jamás me abandonó. A los diecisiete años ingresé a la Universidad de Munich; tomaba clases con Theodor Lipps y me entusiasmé especialmente con su curso de ética. Lipps había reunido alrededor suyo un grupo de alumnos altamente destacados, de los que algunos eran ya profesores asistentes de filosofía, como Alexander Phaender y Moritz Geiger. Pero toda esta escuela se había apartado del psicologis-mo de Lipps bajo la influencia del Logische Untersuchungen de Husserl. Todos habían adheri-do a la Fenomenología, no en el sentido idealista que más tarde le diera Husserl, sino en el sen-tido de un estricto objetivismo y realismo. El contacto con este círculo, que se reunía todas las semanas para conferenciar y discutir como una asociación filosófica, me resultó una importante fuente de inspiración. Ya durante mi primer semestre en la Universidad di una conferencia so-bre Sujeto y Forma en el Arte. Durante el segundo semestre volví a conferenciar sobre el tópi-co Profundidad y Perfección en el Arte. Amabas conferencias fueron altamente exitosas, y lue-go de la segunda fui elegido presidente de la asociación. Esto fue un error, ya que nunca fui un buen administrador. Pero el suceso más importante de este período de mi vida fue haber cono-cido a Max Scheler al final del segundo semestre. Nos encontramos en una fiesta; yo estaba sentado junto a él y hablamos durante toda la noche. Es difícil describir el encanto intelectual que experimenté en este encuentro y cuánto quedé bajo el hechizo de su distinción personal. Esa tarde empezó una amistad siempre en aumento con el hombre de genio que solamente ter-minó cuando él, cuyo magnífico tratado sobre la ética católica jugó un gran papel en el camino que me llevó a la conversión al catolicismo, abandonó trágicamente la Iglesia en 1924.
Mi conversión tuvo lugar, de todos modos, recién en 1914, un año después de haber asistido a la Primera Comunión de una de mis queridísmas hermanas, en las Catacumbas de San Calixto en Roma. Mi mujer, Margaret Denck, con quien me había casado en 1912 (FED: 23 años de edad), fue recibida en la Iglesia junto conmigo, por un padre franciscano.
De 1909 a 1911 estudié en Goettingen con Edmund Husserl y Adolf Reinach. Debo especialmente a Reinach – un hombre de poder filosófico extraordinario - (desgraciadamente muerto durante la Primera Guerra Mundial en 1917), mi formación filosófica. En 1912 completé mi Ph.D. apadrinado por Husserl. In 1916 fue publicado mi primer trabajo filosófico, Die Idee der Sittlichen Handlung, En 1918 alcancé a ser nombrado privatdozent en la Universidad de Munich, y en 1924 profesor asociado. Mientras tanto, en 1921, apareció mi segundo trabajo filosófico, Sittiichkeit und Ethische Werterkenntniss. Durante la guerra trabajé como una suerte de medecin malgré lui [médico a pesar suyo; aclaración de UVA] con un cirujano; debido a la escasez de médicos, me entrenó como cirujano asistente y de ese modo cooperé en numerosas operaciones en el hospital militar así como en varios hospitales civiles de Munich.
Un hecho importante en este período de mi vida fue haber conocido a Friedrich Wilhelm Foerster, el gran pedagogo e infatigable luchador contra el nacionalismo alemán. Tenía yo gran admiración por su carácter y compartía sus opiniones sobre el peligro que éste representaba. Tuve el privilegio de salir en su defensa en varias ocasiones en que fue atacado.
Durante los años 1923 al 1933, escribí los siguientes libros: Reinheit und Jungfraueu-lichkeit (1927), traducido como En Defensa de la Pureza (Sheed, 1931); Metaphysik der Gen-leinschaft – Metafísica de la Comunidad (1930); Liturgie und Persoenlichkeit (1933), traducido como Liturgia y Personalidad (Longmans, 1943); Zeitliches in Lichte des Ewigen – Preguntas actuales a la luz de la Eternidad (1931); Der Sinn Philosophischen Fragens und Erkennens – la Esencia de la Investigación Filosófica y el Conocimiento (1934); Ethische Grundhaltungen (1933), traducido por Alice M. Jourdain como Actitudes Morales Fundamentales (Longmans, 1950).
Debido a la proscripción de mis trabajos por parte del nazismo, mi Die Umgestaltung in Christus (1940), fue escrito bajo un seudónimo (Peter Ott) y publicado en Suiza. Fue traducido como Transformación en Cristo (Longmans, 1948).
Uno de los grandes privilegios de mi vida fue el contacto cercano con el Nuncio en Alemania, Cardenal Pacelli, el difunto Papa Pío XII. Tuve la oportunidad de discutir varias cuestiones con él, tanto en su palacio como haciendo caminatas juntos. Una vez vino a nuestra casa. Su personalidad emanaba una intensa vida espiritual, que impresionaba a todos los que estaban en contacto con él. Era una de esas personalidades que en su sublime espiritualidad aparentan estar libres del peso de la materia. Al mismo tiempo tenía un cuidadoso interés por los más variados problemas, encarando cada cuestión desde un punto de vista no convencional, lo que era extremadamente inspirador. Aún recuerdo con alegría nuestras discusiones cuando estaba preparando mi primera conferencia sobre el matrimonio. Fue publicada más tarde bajo el título Die Ehe (1928) y traducida como Matrimonio (Longmans, 1942).
Desde 1924 hasta 1930, semana por medio, hacíamos una recepción en nuestra casa en la que, luego de haber servido bebidas, iniciaba yo una discusión sobre un tema religioso. Entre los más sobresalientes teólogos que tomaron parte en estas discusiones estuvieron el P. Erich Przywara, S.J., Monseñor Martin Grabmann y Monseñor Ct. Preising, el más fiel participante de mis reuniones, quien luego fue Cardenal de Berlín. Además del clero, el público asistente incluía miembros de la familia real, aristócratas, diplomáticos, profesores estudiantes, asistentes sociales, secretarias, etc. Hacia 1930, el público había aumentado a ciento setenta y seis personas. Estas discusiones se transformaron en un importante centro de reunión para la vida intelectual y espiritual de Munich. También intenté que estos encuentros fueran una isla de espíritu supranacional en medio del recalentado nacionalismo que envenenaba el aire durante este período.
En 1921 fui invitado por Marc Sagneir para asistir en París a un congreso democrático por la paz. En pública asamblea afirmé que la invasión alemana a Bélgica en 1914 había sido un crimen atroz, declaración que desató la furia alemana y me hizo culpable de alta traición a los ojos de los nacionalistas alemanes. El recientemente fundado partido Nazi me puso en su lista negra; por lo cual me vi forzado a escapar de Munich en ocasión del putsch de Hitler en 1923. Pero mi segundo escape de los Nazis, en 1933, tuvo mayores consecuencias: a pesar de no estar tan inmediatamente amenazado, me di cuenta de que luego del Reichtag-brafld, me era imposible permanecer en un país en el que no tenía otra elección que quedarme en silencio mientras era testigo de las injusticias y crímenes que se cometían o ser puesto prisionero en un campo de concentración. Por eso decidí renunciar a todo: mi puesto en la Universidad, mi hermosa casa, la compañía de mis queridos parientes y amigos; dejé Alemania para siempre, con quince dólares en el bolsillo, y me fui a Italia el 13 de marzo de 1933.
Cuando vi que la pequeña Austria, bajo el liderazgo del noble Canciller Dolfuss tenía el coraje de entablar un combate con el Nacional Socialismo, fui a Viena y ofrecí el Canciller mis servicios. Con su ayuda fundé el semanario antitotalitario católico Der Christliche Staendestaat, en el que escribí alrededor de setenta artículos dedicados a la guerra ideológica contra el nazismo. En 1935 fui nombrado profesor de filosofía de la Universidad de Viena. De pronto fui informado por el Jefe de la Policía Secreta: "Ud. sabe que me resultaría algo desagradable que se cometiera en Viena un asesinato político por parte del nazismo clandestino". Contesté que sería un tanto desagradable para mí también. Y entonces me aconsejó sobre cómo protegerme de la decisión de los nazis de asesinarme. El 11 de marzo de 1938 mi mujer y yo dejamos nuestro apartamento a las 8:45 P.M. y cruzamos la frontera con Checoslovaquia. Cinco horas más tarde, en medio de la noche, tres agentes de la Gestapo vinieron a mi apartamento a arrestarme y lo encontraron vacío. Tuve el honor de ser el primero en su lista de arrestos luego de las cabezas del gobierno.
A través de Hungría e Italia nos escapamos a Suiza. Luego de una breve estadía en lo de nuestros queridos amigos Baldwin Schwarz y su mujer en Fribourg, fuimos invitados a la École Normale de Hauterive. De allí fui a Francia como profesor en la Universidad Católica de Toulouse por invitación de Monseñor Bruno de Solages. Entonces llegó el colapso de Francia. Nunca olvidaré nuestra desesperante situación: estábamos parados en una calle en Bayonne bajo la lluvia, la frontera española había sido cerrada herméticamente, se esperaba la llegada del ejército alemán a cada momento, no había trenes, y todas las rutas estaban cortadas por cordones de gendarmería. De pronto un oficial francés se dirigió a mi hijo. Lo reconocí como un dominico que servía como teniente del ejército. Hacía una hora que había llegado de Noruega por avión. Se las arregló para subirnos en el coche de la Cruz Roja en su compañía, el que iba a ingresar en la zona ocupada de Pau. Después de escondernos durante semanas en los barrios bajos de Toulouse, fuimos rescatados gracias a la caridad y el coraje de un hombre que ni siquiera nos conocía y que es hoy uno de los más íntimos de Charles de Gaulle, el Ministro de Justicia de Francia Edmond Michelet. También mencionaré la caridad de los dominicos de Marsella para con nosotros.
Finalmente, el 7 de septiembre de 1940, logramos una visa de salida. Al llegar a Lisboa encontré una carta que me informaba que era yo uno de los cien intelectuales europeos que el Profesor Alvin Johnson, con la ayuda de la Fundación Rockefeller, había invitado a venir a los Estados Unidos. Vía Brasil, aterricé en Nueva York el 23 de diciembre de 1940, y me enteré de que había sido nombrado miembro de la facultad del Colegio de Graduados de la Universidad de Fordham. Y así, desde febrero de 1941 he enseñado en Fordham, en el más inspirador de los entornos. Estos años han sido fértiles, también, en publicaciones filosóficas: Ética Cristiana (McKay, 1952), La Nueva Torre de Babel (Kenedy, 1953), La Verdadera Moral y sus Falsificaciones, con Alice M. Jourdain (McKay, 1955), y Graven Images, también con Alice M. Jourdain (McKay, 1957). Tengo en preparación, un libro sobre el Sagrado Corazón y otro sobre el Amor.
Estoy en deuda con mi amigo y colega Robert C. Pollock por su comprensiva ayuda en la edición de mis obras en inglés.
Mi mujer, Gretchen, la valerosa compañera que jamás exhaló una queja durante mi vida de aventuras, murió en julio de 1957. En Julio de 1959 me casé con mi colega y colaboradora en filosofía la Dra. Alice M. Jourdain, quien enseña filosofía en Hunter College.
Al mirar mi vida hacia atrás, encuentro muchas razones para dar gracias a Dios, de las cuales no es la menor la oportunidad de haber podido conocer tantas personalidades tan hon-damente espirituales y por haber contado a tantos de ellos entre mis amigos; han sido y aún son un modelo y un incentivo para mí. He tenido también la gracia de ser testigo de muchas conversiones: mis cinco hermanas, dos cuñados, e innumerables amigos y parientes, totalizando más de cien personas. Misericordias Domini in aeternum cantabo.
[Nota del editor: el Dr. von Hildebrand se jubiló de la enseñanza en 1960 y pasó los 17 años restantes de su vida escribiendo. Murió el 26 de enero de 1977. Su autobiografía, editada por su mujer, fue publicada en 2000 por Ignatius Press]
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